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lunes, octubre 16, 2006

¿Hacia dónde va la democracia?

En el México postelectoral y dados los resultados tan controvertidos que se obtuvieron en el 2006, se está dando una amplia discusión sobre la democracia y su futuro inmediato en nuestro país. Hay una opinión generalizada de que la joven democracia mexicana está en crisis y que hay que comenzar a revisar algunas instituciones electorales. Intelectuales, académicos, políticos y analistas políticos de izquierda o de derecha, cada uno por su lado aceptan que nuestra cultura democrática está por los suelos. El proceso electoral nos ha dejado no sólo dos proyectos diferentes de país, sino una gran crisis política.

Las diferencias se encuentran en el enfoque sobre las causas de esa crisis y la intensidad de la misma. Por una lado, se pide que no se rompa con las instituciones democráticas que nos hemos dado los mexicanos a lo largo de varios años, pues son patrimonio colectivo y no artificios de unos contra otros y, por otro lado, se manda al diablo esas instituciones y se plantea una renovación, un cambio, nuevas instituciones, en tanto que lo que tenemos ahora ha sido diseñado para favorecer sistemáticamente los intereses de los más influyentes.

La burguesía mexicana en poder del Estado y sus comunicadores insisten en que sí personalizamos la crisis, el causante se llama Andrés Manuel, quien, dicen, no se distingue por su conocimiento de las normas e instituciones y prácticas electorales, además de que es, entre otras cosas, un populista conservador porque su relación con el pueblo es al margen de las instituciones democráticas de representación y porque se propone restablecer el antiguo régimen de nacionalismo y autoritarismo revolucionario.

Si nos salimos del punto de lo personal, se habla del renacimiento de nacionalismo revolucionario que es, según ellos, enemigo de la democracia, siguiendo, creo yo, el nacionalismo-nazismo alemán. Otros, aseguran que hay una sobreregulación que inhibe la libertad democrática porque lleva a distorsiones en la conducta de los actores y hace pagar más costos a la sociedad. En esa misma línea, se dice que tenemos una democracia de mala calidad, más que nada por sus participantes.

La izquierda mexicana, para la burguesía obviamente y sus portavoces, tiene su parte de responsabilidad dado que no es correcta, sensata o leal con el sistema. Lo que necesitamos como país, dicen, es una izquierda democrática, moderna, liberal, tolerante, quizás de corte socialdemócrata, pero sobre todo una izquierda responsable, que sepa participar con las reglas de la democracia electoral. Una izquierda que no ponga en riesgo la democracia y sus instituciones, tal como fue en este año 2006. Están concientes de que sin la izquierda que ellos quieren se avanza lentamente y les preocupa que el prestigio de la izquierda leal naufrague, dado que los pagarán por ello son los pobres.

Asumen que la crisis de la democracia sólo es un traspié de la transición, que ésta sigue su curso a pesar de las anomalías de las que habló el Tribunal electoral y que el nuevo gobierno no se encuentra en una situación apocalíptica como siguieren algunos analistas malquerientes. Así que, insisten en que la solución es complementar la legitimidad legal o de origen con la legitimidad de gestión, lo que requiere de un profundo ejercicio de innovación política y continuar con las reformas estructurales.

En conclusión, la burguesía en el poder acepta que hay una crisis de la democracia. Aseguran que la causa está en la izquierda, que no es tan grave y se puede solventar tal y como quedó expresado en el programa 2030. Pocos aceptan que hubo un agravio y que hay que construir puentes con la izquierda con esa consideración. Para la burguesía la izquierda jugará un papel marginal en tanto no acepte las reglas democráticas.

En contra sentido, los integrantes de la izquierda mexicana insisten en que, escandalosamente, los ahora defensores de la institucionalidad democrática fueron los principales violadores. El presidente de la transición se convirtió junto con Fox y el TEPJF en abusador de las leyes de la democracia y lo peor es que ahora, disimulado, fingiendo y desde un doble leguaje, convoca a la unidad al “peligro para México”, unidad que el mismo se dedicó a violentar y, más aún, no deja de acusar a sus enemigos como causantes de la crisis. La burguesía que propugna por una izquierda correcta, incorrectamente usó las instituciones en su beneficio y en ese ejercicio las redujo a nada y las puso en la ilegalidad constitucional. La defensa a ultranza de las instituciones, no es la defensa de la democracia, es la defensa del poder que detentan.

Algunos avanzan aún más afirmando que se está generando una nueva forma de Estado autoritario, donde se articula una desdemocratización de las instituciones liberal-democráticas, inducida más que nada por las necesidades del capital. Lo que se cuestiona no es el presidencialismo o un régimen político, sino la inexistencia de la democracia. Capitalismo y democracia no son fórmulas inclusivas, agregan. Se ha dicho y ahora lo vemos, la simulación es una gigantesca empresa de desilusión. Después de eso, ¿puede alguien creer o seguir creyendo en las instituciones mexicanas de la democracia y de la justicia? Todavía más, ¿podemos pensar que existe la democracia en México?

De ahí, pues, plantean la necesidad de cambiar las instituciones, no adecuarlas, ni destruirlas. Tampoco se habla del rompimiento de la izquierda con el pacto social y con el orden vigente. Construir una nueva república —la cuarta según nuestra historia, 1924,1857,1910— otra institucionalidad y otro proyecto de nación. Un país que se configure para enfrentar a la burguesía contra la explotación y la pobreza. Lo que no se puede hacer, es seguir pensando en la misma dirección, tal y como se hizo durante años. Se piensa, desde luego, que el futuro de la democracia depende, en buena medida, de los que suceda con la izquierda.

La izquierda trastoco la agenda del PAN. La lucha contra la desigualdad y la pobreza se puso en el centro junto con los paradigmas neoliberales de la segunda generación de reformas estructurales. La Izquierda se ha hecho plural y se ha diversificado al contar con corrientes muy diversas. Sin embargo ahora saben que enfrenta nuevos retos. Por un lado, evitar que el PRD, el FAP y la CND giren en torno a un sólo hombre y permitir que sus integrantes se conviertan en protagonistas y organizadores del cambio profundo del país; y, por el otro lado, entender que PRD es institucional y sus integrantes en el Congreso de fueron elegidos para tareas institucionales; la CND es antinstitucional, creadora de un doble poder, de otras instituciones. Por tanto, PRD y CND deben trabajar juntos pero cada uno en su campo.

La fuerza de la izquierda, a pesar de haber disminuido lo ganado en las elecciones, continúa con capacidad de convocatoria y de movilización y con un amplio potencial. Tal vez, aseguran, el punto débil sea el no tener certeza de si AMLO y el FAP tendrán la capacidad para sostener una campaña de permanente agitación y propaganda que no sólo desgaste al PAN, sino que ensanche su fortaleza y base social. Otra evidente debilidad es la ausencia de procedimientos democráticos más formales para la toma de decisiones.

La percepción que nos queda de todo esto es que vivimos en un parteagua. Ahora mismo nadie tiene respuestas claras. La pérdida de fe en las actuales instituciones democráticas no es un fenómeno privativo de nuestro país. Ha venido aconteciendo a los largo de los últimos años en América Latina e incluso en países desarrollados como Estados Unidos. Esta pérdida de fe está ligada a que las élites en el poder han impuesto sus propias políticas en detrimento de políticas sociales y económicas en favor de los más. Desde ese punto de vista, diría Alain Touraine, el sistema de democratización está herido y en peligro de muerte

En este contexto, no es menos cierto que los anhelos y promesas de la democracia chocan y se contradicen con la realidad. Todavía es posible hacer elecciones pero no se permite a los partidos de oposición representar ningún riesgo al poder de mando; en sentido contrario, la democracia electoral se transformó en el principal mecanismo de imposición de programas de ajuste estructural. Más aún, la usurpación del proceso democrático a manos de las élites, ha subvertido el desempeño de las nuevas democracias surgidas a partir de los años 80. De igual manera, las promesas de cambio hacia economías sociales fueron socavadas por las exigencias de las burguesías naciones e internacionales.

Las democracias electorales han sido, pues, recurrentemente usurpadas por las élites políticas en el poder. Huntington considera que la democracia es un régimen deseable, al menos el más deseable de todos los posibles, así que renunciar a ella no garantiza algo mejor. No obstante, no hay democracias auténticas pues el poder seguirá en manos de unos pocos. Ante este escenario que evidencia una crisis de la política, cabe la necesidad de detenernos un tanto a repensar la democracia y darle un nuevo significado a esa palabra.

La critica de la democracia de la élites no ha encontrado soluciones alternativas obvias, más aún ahora que hay interés por lo que pase en México tanto de élites nacionales como trasnacionales por su posición geopolítica. No obstante, nuestra obligación sigue siendo la de reconceptualizar, es decir, revisar en profundidad la democracia en distintos niveles. Lo único cierto es que la derecha mexicana ante el reto que significa la izquierda mexicana liderada por AMLO ha tenido que quitarse las máscaras y enseñar su verdadero juego.

Lo único cierto es que ahora que no existen enfrentamientos entre sistemas, el mito de los iguales que pregona la democracia occidental salta por los aires. La pelota esta de nuestro lado. Significar la palabra democracia es nuestra tarea urgente, porque eso mismo es parte de la guerra por controlar el mundo