Las elecciones del miedo y la irrupcion de lo social
Todo comenzó, según dos grandes ideólogos del actual panismo (Enrique Krause y Jesús Reyes-Heroles), con el discurso de López Obrador que “introduce el conflicto de clases y da animosidad contra los de arriba, los ricos, los empresarios” El discurso de la esperanza frente a la indignación social y las injusticias de los poderosos no son dignas de considerar. El punto de partida, insisten, son “los discursos maniqueos acerca de los ricos y los pobres, los buenos y los malos, los rescatables y los innombrables, los decentes y los empresarios”
En pocas palabras lo que desató todo este conflicto que terminó con una sociedad más dividida política, económica e ideológicamente, es nada menos que la lucha de clases, la irrupción de lo social. Lo que realmente teme la derecha panista-priísta, la ultraderecha yunquista y religiosa y el gran capital nacional e internacional, no es otra cosa que el temor a que desde la sociedad los equilibrios surgieran y los privilegios desaparecieran. Dicho de otra manera, su preocupación es el avance de lo social y, por tanto, su estrategia es contrarrestar el avance de lo social para poder continuar con la destrucción de las conquistas sociales y obviamente fortalecerse.
Hasta ahora, la construcción del México actual para la derecha, la ultraderecha y del gran capital es una destrucción de lo social. Con el triunfo de ese grupo si es que se completa, es esperable que aumente esa destrucción. La posición planteada por Andrés Manuel, es contrarrestar eficazmente ese proceso, ya claramente avanzado, de destrucción de lo social. Otra cosa es que lo pueda lograr, pero el planteamiento está dado. Hay que recordar que la historia social enseña que no existe política social sin un gobierno social capaz de imponerla y que no es el mercado, como se intenta hacer creer actualmente, sino el gobierno social lo que ha civilizado la economía de mercado.
Con tal grado de división al que llegamos al final del proceso electoral, no ganó AMLO, ni tampoco Calderón. Los verdaderos ganadores ni se despeinaron. A la sociedad nos hicieron jugar un juego que no nos llevó a nuestro fortalecimiento sino a la división, al odio, a la confrontación y a la desorganización. En esas circunstancias quedamos indefensos, al amparo de las élites poderosas, privilegiadas y ambiciosas. Mejor resultado no podrían haber alcanzado. Por ello podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los perdedores somos la sociedad mexicana, el pueblo mexicano —que no ganadores— y eso no es otra cosa que un grave retroceso histórico.
Pero ¿cómo fue posible que esto así sucediera?. Sin duda, la manipulación de las conciencias con el miedo y la falsificación de la verdad.
El fascismo alemán e italiano fue una expresión social del miedo que sintió la gran burguesía hacia el socialismo-comunismo. Empero, y eso es lo relevante en nuestro caso, la cuestión real es que no fue sólo el interés del gran capital, sino que fue el movimiento de las clases medias y de las clases trabajadoras ideológicamente ubicadas en la pequeña burguesía, lo que hizo posible este proceso.
En el año 2006, la imagen del miedo es, para la burguesía mexicana, la lucha de clases encarnada en un personaje llamado Andrés Manuel. Además, hay que insistir en ello, no es nuestro miedo sino el de ellos. El problema del cual partimos y creemos es de esencial importancia, es saber qué ha ocurrido en una parte de clases medias y trabajadoras para que hayan aceptado que lo que lograron con mucho sacrificio y de trabajo se iba ir a la basura con Andrés Manuel y que hayan seguido a un partido cuya dirección representa, tanto subjetivamente como objetivamente, a los intereses del gran capital.
La cuestión es ¿por qué en Brasil o Venezuela, sólo por mencionar dos países, con las mismas estrategias de campañas de promoción y acentuación del miedo social, ambas sociedades fueron capaces de superar la contradicción entre un proyecto social y un proyecto del gran capital nacional e internacional?. La cuestión es ¿por qué una parte de la clase trabajadora, pudo identificarse con el poder establecido y aceptar sin protestas, que el despido y el cierre de la empresa o la destrucción del país y las crisis recurrentes erna la consecuencia lógica del votar por Andrés Manuel? Además de no existir un sindicalismo que apoye y oriente, lo real es que aquí no hubo seducción, hubo una interiorización del miedo.
Las masas saben y entienden perfectamente la situación en la que se encuentran, además lo dicen y explican muy bien, sin embargo, existe un sistema de poder que intercepta, prohíbe, invalida ese discurso y ese saber. Poder que no está solo en las instancias superiores de la censura, sino que penetra de un modo profundo, muy sutilmente en toda la red de la sociedad o gran parte de ella. Por tanto, podemos hablar claramente de que su conciencia de clase fue enajenada.
Empero, los mecanismos de dominio se vuelven más democráticos y se distribuyen completamente por los cuerpos y los cerebros de los ciudadanos, de modo tal que los sujetos mismos interiorizan cada vez más las conductas de integración y exclusión social adecuadas para ese dominio. El poder se ejerce ahora a través de maquinarias que organizan directamente los cerebros. A los esquemas tradicionales, escuela, fábrica, la empresa, se le suman los sistemas de comunicación, redes de información, etcétera. Con ello se alcanza un estado autónomo de alienación y de enajenación. Gran parte de la población está sometida a los medios modernos de dominación de la conciencia social.
Para algunos intelectuales, —esta fue una tesis ampliamente respaldada y difundida— todas las opciones de comunicación —básicamente las electrónicas— son válidas y enriquecedoras del paisaje cultural del hoy. Desde esa perspectiva las críticas a la televisión son anticuadas y peligrosas porque derivarían en control y censura de la libertad de expresión. Por esa misma razón, la regulación ni siquiera debería de plantearse. Sin embargo, hay quienes sostienen que la televisión, a través de variados mecanismos, pone en serio peligro las diferentes esferas de la producción cultural, la vida política y la democracia.
Se ha dicho generalizadamente que el proceso electoral de 2006 fue ejemplar e histórico. Que la sociedad mexicana dio una muestra de alta civilidad y participación, que hay más sociedad que políticos o dicho de otra manera, que los políticos no están a la altura de nuestra sociedad. Sin embargo, después de ver el resultado y las causales del mismo, no podemos concluir que fue una elección histórica. Quizás podamos reconocer que antes, durante y después del proceso electoral, apareció una sociedad dividida y confrontada y que el proceso electoral tal y como fue planteado de principio a fin, sólo dio cuenta de esa realidad.
Desde la perspectiva de los intereses populares y sociales y en el marco de una votación profusa, es falso que la sociedad mexicana haya hecho lo que tenía que hacer y que además lo haya hecho bien . Nuestro pueblo jugó, sin proponérselo, obviamente, no de una manera racional, el juego que le pusieron y lo llevó a cabo hasta el final. Una gran parte de la población, la cual ahora se enorgullece del triunfo de Calderón y denostan a Andrés Manuel, no pudo extraerse del juego al que le hicieron jugar y dar el salto hacia delante, para impulsar su propio papel y un gobierno social.
Tal vez no debamos ser tan duros en nuestros juicios, pero no somos los únicos; por ejemplo, Muñoz Ledo ha escrito que nuestra democracia no se ha consolidado y lo mismo se podría decir de la democracia electoral, habida cuenta del cúmulo de ilegalidades cometidas antes y después por los agentes de la autoridad. Que a lo más se probaría que el sistema electoral de la instalación de la casilla a la calificación sigue funcionando correctamente. Concluye, diciendo, que el proceso político electoral del 2006 representa hasta ahora un retroceso grave en nuestro avance democrático.
Se habla de que ante la sociedad dividida que nos reporta la nueva realidad, lo conducente es buscar la reconciliación. Calderón considera que el mandato de las urnas ha sido claro: “trabajen juntos, sumen sus prioridades, dejen a un lado la política fracción o de grupo y pónganse de acuerdo por el bien del país” El candidato del PAN ha repetido hasta el cansancio de que él es un demócrata y que “comparte el anhelo de justicia de AMLO y ofrece trabajar sin descanso por lograr la igualdad de oportunidades que permitan superar la pobreza.
Será posible creer que a el gran capital y a la burguesía mexicana, de la cual es representante el PAN y el PRI, les preocupe verdaderamente esta división. Por el contrario, ahí está parte de su fuerza, eso es lo que les conviene. Si acaso lo único que les preocupa es encontrar soluciones, como así lo han dicho, a la pobreza y a la inequidad, pero a su manera, bajo sus términos y en sus tiempos, tal y como lo han hecho a lo largo de la historia del sistema capitalista mundial. Su verdadero interés es aumentar sus privilegios. ¿Habrá alguna duda de ello?.
Cierto es que no tenemos otro camino que la conciliación, trabajar juntos, sumar prioridades. Cierto es también que hay dos proyectos que pregonan seguir una economía de mercado por rutas diferentes: una, neoliberal ortodoxa acorde a los dictados del Consenso de Washington que prioriza el equilibrio macroeconómico e impulsar una segunda generación de reformas, cuando en la primera encontramos una mezcla de éxitos y fracasos, cuyos resultados son francamente desalentadores. Hubo crecimiento pero no equidad. Y otra, no ortodoxa que prioriza el equilibrio macroeconómico más el equilibrio macrosocial. Reformar las reformas o corregir las reformas, para alcanzar un crecimiento con equidad.
Se dice que la conciliación es posible porque Calderón representa a una derecha moderna integrada a la globalización y la izquierda de Andrés Manuel es más bien socialdemócrata. Sin embargo, el problema sigue ahí, ¿cómo conciliar para detener la destrucción de lo social? ¿cómo conciliar para encontrar normas sociales comunes sobre el salario, el empleo, la jornada laboral, la educación, la capacitación y el capital humano ? ¿cómo conciliar para que no se ponga en primer lugar el favorecer a los mercados financieros nacionales y extranjeros? ¿cómo conciliar si sólo queda la solidaridad y la movilización social para conseguir los objetivos del cambio?
Necesariamente el precio es que deberán darse una serie de rupturas más o menos radicales. Rupturas con el pensamiento conciliador que tiende a desacreditar el pensamiento y la acción críticos, a valorizar el consenso social hasta el punto de manipular conciencias para compartir responsabilidad de una política encaminada a hacer aceptar a los dominados su subordinación. Ruptura con el fatalismo económico sobre las necesidades de la globalización y el dominio de los mercados financieros. Una ruptura con el neoliberalismo ortodoxo que exige la flexibilización de las relaciones laborales y de las norma laborales y por último una ruptura con el pensamiento único.
En pocas palabras lo que desató todo este conflicto que terminó con una sociedad más dividida política, económica e ideológicamente, es nada menos que la lucha de clases, la irrupción de lo social. Lo que realmente teme la derecha panista-priísta, la ultraderecha yunquista y religiosa y el gran capital nacional e internacional, no es otra cosa que el temor a que desde la sociedad los equilibrios surgieran y los privilegios desaparecieran. Dicho de otra manera, su preocupación es el avance de lo social y, por tanto, su estrategia es contrarrestar el avance de lo social para poder continuar con la destrucción de las conquistas sociales y obviamente fortalecerse.
Hasta ahora, la construcción del México actual para la derecha, la ultraderecha y del gran capital es una destrucción de lo social. Con el triunfo de ese grupo si es que se completa, es esperable que aumente esa destrucción. La posición planteada por Andrés Manuel, es contrarrestar eficazmente ese proceso, ya claramente avanzado, de destrucción de lo social. Otra cosa es que lo pueda lograr, pero el planteamiento está dado. Hay que recordar que la historia social enseña que no existe política social sin un gobierno social capaz de imponerla y que no es el mercado, como se intenta hacer creer actualmente, sino el gobierno social lo que ha civilizado la economía de mercado.
Con tal grado de división al que llegamos al final del proceso electoral, no ganó AMLO, ni tampoco Calderón. Los verdaderos ganadores ni se despeinaron. A la sociedad nos hicieron jugar un juego que no nos llevó a nuestro fortalecimiento sino a la división, al odio, a la confrontación y a la desorganización. En esas circunstancias quedamos indefensos, al amparo de las élites poderosas, privilegiadas y ambiciosas. Mejor resultado no podrían haber alcanzado. Por ello podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los perdedores somos la sociedad mexicana, el pueblo mexicano —que no ganadores— y eso no es otra cosa que un grave retroceso histórico.
Pero ¿cómo fue posible que esto así sucediera?. Sin duda, la manipulación de las conciencias con el miedo y la falsificación de la verdad.
El fascismo alemán e italiano fue una expresión social del miedo que sintió la gran burguesía hacia el socialismo-comunismo. Empero, y eso es lo relevante en nuestro caso, la cuestión real es que no fue sólo el interés del gran capital, sino que fue el movimiento de las clases medias y de las clases trabajadoras ideológicamente ubicadas en la pequeña burguesía, lo que hizo posible este proceso.
En el año 2006, la imagen del miedo es, para la burguesía mexicana, la lucha de clases encarnada en un personaje llamado Andrés Manuel. Además, hay que insistir en ello, no es nuestro miedo sino el de ellos. El problema del cual partimos y creemos es de esencial importancia, es saber qué ha ocurrido en una parte de clases medias y trabajadoras para que hayan aceptado que lo que lograron con mucho sacrificio y de trabajo se iba ir a la basura con Andrés Manuel y que hayan seguido a un partido cuya dirección representa, tanto subjetivamente como objetivamente, a los intereses del gran capital.
La cuestión es ¿por qué en Brasil o Venezuela, sólo por mencionar dos países, con las mismas estrategias de campañas de promoción y acentuación del miedo social, ambas sociedades fueron capaces de superar la contradicción entre un proyecto social y un proyecto del gran capital nacional e internacional?. La cuestión es ¿por qué una parte de la clase trabajadora, pudo identificarse con el poder establecido y aceptar sin protestas, que el despido y el cierre de la empresa o la destrucción del país y las crisis recurrentes erna la consecuencia lógica del votar por Andrés Manuel? Además de no existir un sindicalismo que apoye y oriente, lo real es que aquí no hubo seducción, hubo una interiorización del miedo.
Las masas saben y entienden perfectamente la situación en la que se encuentran, además lo dicen y explican muy bien, sin embargo, existe un sistema de poder que intercepta, prohíbe, invalida ese discurso y ese saber. Poder que no está solo en las instancias superiores de la censura, sino que penetra de un modo profundo, muy sutilmente en toda la red de la sociedad o gran parte de ella. Por tanto, podemos hablar claramente de que su conciencia de clase fue enajenada.
Empero, los mecanismos de dominio se vuelven más democráticos y se distribuyen completamente por los cuerpos y los cerebros de los ciudadanos, de modo tal que los sujetos mismos interiorizan cada vez más las conductas de integración y exclusión social adecuadas para ese dominio. El poder se ejerce ahora a través de maquinarias que organizan directamente los cerebros. A los esquemas tradicionales, escuela, fábrica, la empresa, se le suman los sistemas de comunicación, redes de información, etcétera. Con ello se alcanza un estado autónomo de alienación y de enajenación. Gran parte de la población está sometida a los medios modernos de dominación de la conciencia social.
Para algunos intelectuales, —esta fue una tesis ampliamente respaldada y difundida— todas las opciones de comunicación —básicamente las electrónicas— son válidas y enriquecedoras del paisaje cultural del hoy. Desde esa perspectiva las críticas a la televisión son anticuadas y peligrosas porque derivarían en control y censura de la libertad de expresión. Por esa misma razón, la regulación ni siquiera debería de plantearse. Sin embargo, hay quienes sostienen que la televisión, a través de variados mecanismos, pone en serio peligro las diferentes esferas de la producción cultural, la vida política y la democracia.
Se ha dicho generalizadamente que el proceso electoral de 2006 fue ejemplar e histórico. Que la sociedad mexicana dio una muestra de alta civilidad y participación, que hay más sociedad que políticos o dicho de otra manera, que los políticos no están a la altura de nuestra sociedad. Sin embargo, después de ver el resultado y las causales del mismo, no podemos concluir que fue una elección histórica. Quizás podamos reconocer que antes, durante y después del proceso electoral, apareció una sociedad dividida y confrontada y que el proceso electoral tal y como fue planteado de principio a fin, sólo dio cuenta de esa realidad.
Desde la perspectiva de los intereses populares y sociales y en el marco de una votación profusa, es falso que la sociedad mexicana haya hecho lo que tenía que hacer y que además lo haya hecho bien . Nuestro pueblo jugó, sin proponérselo, obviamente, no de una manera racional, el juego que le pusieron y lo llevó a cabo hasta el final. Una gran parte de la población, la cual ahora se enorgullece del triunfo de Calderón y denostan a Andrés Manuel, no pudo extraerse del juego al que le hicieron jugar y dar el salto hacia delante, para impulsar su propio papel y un gobierno social.
Tal vez no debamos ser tan duros en nuestros juicios, pero no somos los únicos; por ejemplo, Muñoz Ledo ha escrito que nuestra democracia no se ha consolidado y lo mismo se podría decir de la democracia electoral, habida cuenta del cúmulo de ilegalidades cometidas antes y después por los agentes de la autoridad. Que a lo más se probaría que el sistema electoral de la instalación de la casilla a la calificación sigue funcionando correctamente. Concluye, diciendo, que el proceso político electoral del 2006 representa hasta ahora un retroceso grave en nuestro avance democrático.
Se habla de que ante la sociedad dividida que nos reporta la nueva realidad, lo conducente es buscar la reconciliación. Calderón considera que el mandato de las urnas ha sido claro: “trabajen juntos, sumen sus prioridades, dejen a un lado la política fracción o de grupo y pónganse de acuerdo por el bien del país” El candidato del PAN ha repetido hasta el cansancio de que él es un demócrata y que “comparte el anhelo de justicia de AMLO y ofrece trabajar sin descanso por lograr la igualdad de oportunidades que permitan superar la pobreza.
Será posible creer que a el gran capital y a la burguesía mexicana, de la cual es representante el PAN y el PRI, les preocupe verdaderamente esta división. Por el contrario, ahí está parte de su fuerza, eso es lo que les conviene. Si acaso lo único que les preocupa es encontrar soluciones, como así lo han dicho, a la pobreza y a la inequidad, pero a su manera, bajo sus términos y en sus tiempos, tal y como lo han hecho a lo largo de la historia del sistema capitalista mundial. Su verdadero interés es aumentar sus privilegios. ¿Habrá alguna duda de ello?.
Cierto es que no tenemos otro camino que la conciliación, trabajar juntos, sumar prioridades. Cierto es también que hay dos proyectos que pregonan seguir una economía de mercado por rutas diferentes: una, neoliberal ortodoxa acorde a los dictados del Consenso de Washington que prioriza el equilibrio macroeconómico e impulsar una segunda generación de reformas, cuando en la primera encontramos una mezcla de éxitos y fracasos, cuyos resultados son francamente desalentadores. Hubo crecimiento pero no equidad. Y otra, no ortodoxa que prioriza el equilibrio macroeconómico más el equilibrio macrosocial. Reformar las reformas o corregir las reformas, para alcanzar un crecimiento con equidad.
Se dice que la conciliación es posible porque Calderón representa a una derecha moderna integrada a la globalización y la izquierda de Andrés Manuel es más bien socialdemócrata. Sin embargo, el problema sigue ahí, ¿cómo conciliar para detener la destrucción de lo social? ¿cómo conciliar para encontrar normas sociales comunes sobre el salario, el empleo, la jornada laboral, la educación, la capacitación y el capital humano ? ¿cómo conciliar para que no se ponga en primer lugar el favorecer a los mercados financieros nacionales y extranjeros? ¿cómo conciliar si sólo queda la solidaridad y la movilización social para conseguir los objetivos del cambio?
Necesariamente el precio es que deberán darse una serie de rupturas más o menos radicales. Rupturas con el pensamiento conciliador que tiende a desacreditar el pensamiento y la acción críticos, a valorizar el consenso social hasta el punto de manipular conciencias para compartir responsabilidad de una política encaminada a hacer aceptar a los dominados su subordinación. Ruptura con el fatalismo económico sobre las necesidades de la globalización y el dominio de los mercados financieros. Una ruptura con el neoliberalismo ortodoxo que exige la flexibilización de las relaciones laborales y de las norma laborales y por último una ruptura con el pensamiento único.
