Francia nos puso el ejemplo
Francia se moviliza contra el empleo precario
El presidente de Francia, Jacques Chirac, anunció la derogación de la controvertida ley laboral conocida como Contrato del Primer Empleo (CPE), la cual ocasionó violentas protestas en todo el país. El CPE será reemplazado por un mecanismo de inserción profesional de los jóvenes con dificultades para entrar en el mercado laboral. El Contrato de Primer Empleo facilitaba la contratación de jóvenes, pero también hacía más expedito su despido.
Según fuentes sindicales, un millón de personas participaron en marchas contra el CPE en todo el país, y unas 300.000 de ellas desfilaron por las calles de París. Los principales sindicatos de trabajadores y de estudiantes clamaron victoria y atribuyeron la muerte del CPE a su movilización. y hablan, junto a la oposición de izquierdas, de “victoria histórica”. 'El objetivo ha sido alcanzado', afirmó la Confederación Francesa del Trabajo (CFDT), mientras la Confederación General del Trabajo (CGT) celebró 'la retirada' del CPE como 'un éxito de la unidad sindical'.
En la gente francesa hay el convencimiento de que las libertades públicas y los derechos sociales existen porque los propios ciudadanos presentes y sus ancestros, generación tras generación, los han conquistado y mantenido en un duro y constante tira y afloja con los aspirantes a dueños exclusivos del poder. Acabamos de tener la prueba de ello. La ley reguladora del Contrato de Primer Empleo que se había propuesto imponer a el primer ministro Villepin ha sido respondida con una revuelta popular de tal intensidad y amplitud que el Gobierno no ha encontrado otra salida que retirarla.
Hay analistas y expertos que sostienen que ésa es una mala noticia, porque la economía francesa necesita con urgencia cambios que la hagan menos rígida, en general, pero sobre todo en lo referente a su mercado de trabajo. Pero, a los efectos del asunto, daría igual que tuvieran razón. Porque lo que estoy subrayando no es la capacidad del pueblo francés para imponer su sabiduría, sino para imponerse sobre sus gobernantes, sin más.
Sostengo la tesis, que creo avalada por la Historia, de que los pueblos nunca son rebeldes. A veces están rebeldes. Se ponen rebeldes y, al cabo de un cierto tiempo, se les pasa. O quienes pretenden cambios aprovechan esos momentos circunstancialmente propicios o están perdidos. Eugène Potier, el autor de la letra de La Internacional lo apuntó muy bien en uno de los versos de ese himno tantas veces entonado . Es una máxima propia de herrero: hay que golpear el hierro cuando está caliente. Al rojo, en concreto.
La retórica de los líderes políticos de hoy no está al servicio de construcción o conservación alguna. Su fin es desmantelar. Desmantelar lo que es la herencia social, económica y ética del pasado y, en particular, todas las asociaciones, regulaciones y mecanismos que expresen solidaridad. El Fin de la Historia, lema global de las corporaciones, no es un vaticinio: es una orden para borrar el pasado y lo que nos legó en todas partes. El mercado requiere que todo consumidor y empleado se hallen brutalmente solos en el presente.
Todavía ningún electorado está preparado para aceptar tal desmantelamiento. Por una simple razón. El acto de votar, no importa qué tan manipulada o libre sea la elección, es una manera de conjuntar los recuerdos para respaldar la propuesta de algún programa de futuro. Tocamos aquí la profunda contradicción entre la tiranía del mercado mundial y la democracia, entre las llamadas preferencias del consumidor y los derechos ciudadanos.
En consecuencia, el proceso de desmantelamiento tiene que disfrazarse y esconderse. Esa es la tarea primordial de los líderes políticos de hoy. Por supuesto, su propio papel también se está desmantelando. Pero ya eligieron ejercer, disfrutar y explotar sus menguados poderes, en vez de cotejar su actuación con alguna verdad global. Esto explica su pragmatismo, que se combina con su perpleja falta de realismo. También explica su furtiva veleidad como políticos, algo sin precedentes. Su tarea es prevaricar mientras los tratos de negocios ocurren en otra parte.
Regresemos al típico discurso de los líderes políticos en los tiempos que vivimos. Siempre que enfrentan oposición, tienen que ocultar lo que ocurre erigiendo rápidamente un muro de palabras opacas. La conclusión del discurso de Jacques Chirac es un ejemplo perfecto. "Cuando en la república nos preocupa el interés nacional, no debemos pensar en términos de ganadores o perdedores. Debemos juntarnos todos. Y que cada uno, desde su sitio, actúe con responsabilidad."
Un muro verbal oculta lo que está ocurriendo. Y del otro lado del muro el trascavo continúa el desmantelamiento. No obstante, con muro o sin él, todo el mundo, excepto los ricos o aquellos con buenas probabilidades de volverse ricos, está consciente del desmantelamiento. Por eso salen a la calle 3 millones de personas. Por eso la gran preocupación nacional en torno al desempleo, en torno al riesgo siempre presente de quedar desempleados y la creciente carga de trabajo que pesa sobre los empleados.
La nueva ley en cuestión, que aumenta la precariedad del empleo para quienes terminaron sus estudios, fue presentada oficialmente como medida de corto plazo para disminuir el desempleo. El daño existente tuvo que admitirse oficialmente, pero tienen que ocultar y hacer confusas sus causas y sus consecuencias de largo plazo. (Si no lo hacen habrá más descontento, revueltas, ira y violencia.)
En vez de admitir la existencia del trascavo —que es la maquinaria modernizante de la actual tiranía del mercado económico— se refieren al desempleo cual si fuera una epidemia o la peste. Un "flagelo" fue el término que usó el presidente. En vez de impugnar este falso concepto de modernización, hablan del brutal desmantelamiento cual si fuera un capítulo de las ciencias naturales. El "mundo del trabajo", según anunció el presidente Chirac, "está en perpetua evolución. Tales discursos revelan que los políticos que los pronuncian han abdicado, de hecho, a la política. La política es su excusa. Y pese a dirigirse a multitudes (20 millones de personas en el caso de Chirac), hay que notar lo solitarios, y por tanto absurdos, que se han vuelto sus argumentos públicos.
La derecha francesa califica a Francia como organismo comatoso cuya reforma se impone con irrefutable evidencia. Los promotores de la "Francia que se hunde" ven sumirse al país en una suerte de desesperación colectiva que se habría manifestado especialmente el 29 de mayo de 2005, con ocasión del "No" al proyecto de Tratado Constitucional europeo. "Francia, afirma por ejemplo Nicolas Baverez, jefe de fila de los "derrotistas", se ha aislado en una burbuja de demagogia y mentiras, los políticos se niegan a decir la verdad (...) No se atreven a hacer reformas porque temen las revoluciones. Pero es precisamente la ausencia de reformas lo que culmina en las revoluciones". Para terminar con esta "Francia enferma en una Europa decadente", llaman a una rectificación liberal. Y hace tiempo que recomiendan la desregulación del mercado laboral, convencidos de que basta con accionar algunas simples palancas.
En este contexto alarmista, apremiado por los "rupturistas", el primer ministro francés Dominique de Villepin, acusado de estar "de pie ante Bush pero de rodillas ante la CGT", habría decidido romper "la política expectante de las elites" y concretar por fin la reforma del empleo.
Acusada por la derecha de ser hoy "el enfermo de Europa", Francia es por el contrario un país que resiste. Uno de los pocos en Europa donde con formidable vitalidad una mayoría de asalariados se niega a una globalización salvaje que significaría la toma del poder por las finanzas. Y que abandona a los ciudadanos a las empresas mientras el Estado se lava las manos. Descorazona esta modificación radical de la relación entre los poderes públicos y la sociedad (el final del "Estado protector").
La solidaridad social constituye un rasgo fundamental de la identidad francesa. Una solidaridad que el CPE contribuye a liquidar. De ahí una vez más la impugnación. Y la revuelta.
La situación vital de los jóvenes —coyuntura laboral y social; y perspectivas de futuro a corto, medio y largo plazo—es dramática. Tal vez las principales características emocionales son el sufrimiento y la desesperanza: carencia de perspectivas y de cualquier base material para tener garantizada la supervivencia digna. Es muy probable que el sentimiento fundamental de los subtrabajadores jóvenes y de su entorno familiar sea la angustia.
La ley que ha provocado la rebelión con la aprobación del CPE lo hace evidente al establecer la edad de 26 años como edad límite para un contrato de primer empleo. La explotación laboral —cuándo encuentran trabajo— es ilimitada. Otra vez ese contrato lo pone de manifiesto. Los trabajadores pueden ser despedidos en edades próximas a los 26 años dejando el puesto de trabajo a trabajadores más jóvenes. El despido es absolutamente libre. El contrato supone la construcción e integración legal de los jóvenes entre los 18 y los 26 años en un “ejército de reserva de mano de obra”. La crueldad —estructural y subjetiva— del neoliberalismo salvaje es también ilimitada. Está construyendo, también en el centro capitalista, una sociedad de marginados.
La cumbre de Lisboa (2000) decidió que Europa debía ser “la economía más competitiva”. En todos los estados de la Unión Europea, cualquiera que fuese su gobierno, se aplicó la misma receta: reducción de cargas sociales para los empresarios, bajada del “coste laboral”, privatización de los servicios públicos, precariedad, flexibilidad y desempleo masivo.
La cumbre lisboeta fijaba el siguiente objetivo para los jóvenes: “favorecer la disponibilidad y adaptabilidad de los jóvenes a las necesidades de la empresa”. Ahí está el origen del Contrato de Primer Empleo, que deja a los jóvenes a merced del patrono. Es una política enfocada a obtener los máximos beneficios capitalistas en época de crisis económica. Unos beneficios exorbitantes: 84.000 millones de euros para los 40 principales grupos capitalistas en Francia.
El primer ministro, Dominique de Villepin, ha querido dejar bien claro en que no hay alternativa a la reforma y que Francia debe alinearse con Europa. Pero los otros países europeos también miran a Francia de reojo. El parlamento sueco debate una proposición semejante a la del CPE, en Alemania también se está preparando algo parecido. La gran coalición (cristianodemócratas y socialistas) que gobierna en Berlín también quiere cambiar el Código del Trabajo e introducir un periodo de prueba de dos años para todos los asalariados. Pero no sólo los franceses se han echado a la calle. En Gran Bretaña acaba de declararse la mayor huelga de servicios públicos desde 1926 (millón y medio de huelguistas) contra los 5 años más de carrera. De modo que existen posibilidades reales de atajar la ofensiva de la patronal europea.
Por primera vez en mucho tiempo, los jóvenes y los trabajadores de Francia son capaces de atajar la ofensiva patronal capitalista. Su victoria es un gran aliento para todas las luchas en Europa y del mundo. Su victoria también será la muestra.
El presidente de Francia, Jacques Chirac, anunció la derogación de la controvertida ley laboral conocida como Contrato del Primer Empleo (CPE), la cual ocasionó violentas protestas en todo el país. El CPE será reemplazado por un mecanismo de inserción profesional de los jóvenes con dificultades para entrar en el mercado laboral. El Contrato de Primer Empleo facilitaba la contratación de jóvenes, pero también hacía más expedito su despido.
Según fuentes sindicales, un millón de personas participaron en marchas contra el CPE en todo el país, y unas 300.000 de ellas desfilaron por las calles de París. Los principales sindicatos de trabajadores y de estudiantes clamaron victoria y atribuyeron la muerte del CPE a su movilización. y hablan, junto a la oposición de izquierdas, de “victoria histórica”. 'El objetivo ha sido alcanzado', afirmó la Confederación Francesa del Trabajo (CFDT), mientras la Confederación General del Trabajo (CGT) celebró 'la retirada' del CPE como 'un éxito de la unidad sindical'.
En la gente francesa hay el convencimiento de que las libertades públicas y los derechos sociales existen porque los propios ciudadanos presentes y sus ancestros, generación tras generación, los han conquistado y mantenido en un duro y constante tira y afloja con los aspirantes a dueños exclusivos del poder. Acabamos de tener la prueba de ello. La ley reguladora del Contrato de Primer Empleo que se había propuesto imponer a el primer ministro Villepin ha sido respondida con una revuelta popular de tal intensidad y amplitud que el Gobierno no ha encontrado otra salida que retirarla.
Hay analistas y expertos que sostienen que ésa es una mala noticia, porque la economía francesa necesita con urgencia cambios que la hagan menos rígida, en general, pero sobre todo en lo referente a su mercado de trabajo. Pero, a los efectos del asunto, daría igual que tuvieran razón. Porque lo que estoy subrayando no es la capacidad del pueblo francés para imponer su sabiduría, sino para imponerse sobre sus gobernantes, sin más.
Sostengo la tesis, que creo avalada por la Historia, de que los pueblos nunca son rebeldes. A veces están rebeldes. Se ponen rebeldes y, al cabo de un cierto tiempo, se les pasa. O quienes pretenden cambios aprovechan esos momentos circunstancialmente propicios o están perdidos. Eugène Potier, el autor de la letra de La Internacional lo apuntó muy bien en uno de los versos de ese himno tantas veces entonado . Es una máxima propia de herrero: hay que golpear el hierro cuando está caliente. Al rojo, en concreto.
La retórica de los líderes políticos de hoy no está al servicio de construcción o conservación alguna. Su fin es desmantelar. Desmantelar lo que es la herencia social, económica y ética del pasado y, en particular, todas las asociaciones, regulaciones y mecanismos que expresen solidaridad. El Fin de la Historia, lema global de las corporaciones, no es un vaticinio: es una orden para borrar el pasado y lo que nos legó en todas partes. El mercado requiere que todo consumidor y empleado se hallen brutalmente solos en el presente.
Todavía ningún electorado está preparado para aceptar tal desmantelamiento. Por una simple razón. El acto de votar, no importa qué tan manipulada o libre sea la elección, es una manera de conjuntar los recuerdos para respaldar la propuesta de algún programa de futuro. Tocamos aquí la profunda contradicción entre la tiranía del mercado mundial y la democracia, entre las llamadas preferencias del consumidor y los derechos ciudadanos.
En consecuencia, el proceso de desmantelamiento tiene que disfrazarse y esconderse. Esa es la tarea primordial de los líderes políticos de hoy. Por supuesto, su propio papel también se está desmantelando. Pero ya eligieron ejercer, disfrutar y explotar sus menguados poderes, en vez de cotejar su actuación con alguna verdad global. Esto explica su pragmatismo, que se combina con su perpleja falta de realismo. También explica su furtiva veleidad como políticos, algo sin precedentes. Su tarea es prevaricar mientras los tratos de negocios ocurren en otra parte.
Regresemos al típico discurso de los líderes políticos en los tiempos que vivimos. Siempre que enfrentan oposición, tienen que ocultar lo que ocurre erigiendo rápidamente un muro de palabras opacas. La conclusión del discurso de Jacques Chirac es un ejemplo perfecto. "Cuando en la república nos preocupa el interés nacional, no debemos pensar en términos de ganadores o perdedores. Debemos juntarnos todos. Y que cada uno, desde su sitio, actúe con responsabilidad."
Un muro verbal oculta lo que está ocurriendo. Y del otro lado del muro el trascavo continúa el desmantelamiento. No obstante, con muro o sin él, todo el mundo, excepto los ricos o aquellos con buenas probabilidades de volverse ricos, está consciente del desmantelamiento. Por eso salen a la calle 3 millones de personas. Por eso la gran preocupación nacional en torno al desempleo, en torno al riesgo siempre presente de quedar desempleados y la creciente carga de trabajo que pesa sobre los empleados.
La nueva ley en cuestión, que aumenta la precariedad del empleo para quienes terminaron sus estudios, fue presentada oficialmente como medida de corto plazo para disminuir el desempleo. El daño existente tuvo que admitirse oficialmente, pero tienen que ocultar y hacer confusas sus causas y sus consecuencias de largo plazo. (Si no lo hacen habrá más descontento, revueltas, ira y violencia.)
En vez de admitir la existencia del trascavo —que es la maquinaria modernizante de la actual tiranía del mercado económico— se refieren al desempleo cual si fuera una epidemia o la peste. Un "flagelo" fue el término que usó el presidente. En vez de impugnar este falso concepto de modernización, hablan del brutal desmantelamiento cual si fuera un capítulo de las ciencias naturales. El "mundo del trabajo", según anunció el presidente Chirac, "está en perpetua evolución. Tales discursos revelan que los políticos que los pronuncian han abdicado, de hecho, a la política. La política es su excusa. Y pese a dirigirse a multitudes (20 millones de personas en el caso de Chirac), hay que notar lo solitarios, y por tanto absurdos, que se han vuelto sus argumentos públicos.
La derecha francesa califica a Francia como organismo comatoso cuya reforma se impone con irrefutable evidencia. Los promotores de la "Francia que se hunde" ven sumirse al país en una suerte de desesperación colectiva que se habría manifestado especialmente el 29 de mayo de 2005, con ocasión del "No" al proyecto de Tratado Constitucional europeo. "Francia, afirma por ejemplo Nicolas Baverez, jefe de fila de los "derrotistas", se ha aislado en una burbuja de demagogia y mentiras, los políticos se niegan a decir la verdad (...) No se atreven a hacer reformas porque temen las revoluciones. Pero es precisamente la ausencia de reformas lo que culmina en las revoluciones". Para terminar con esta "Francia enferma en una Europa decadente", llaman a una rectificación liberal. Y hace tiempo que recomiendan la desregulación del mercado laboral, convencidos de que basta con accionar algunas simples palancas.
En este contexto alarmista, apremiado por los "rupturistas", el primer ministro francés Dominique de Villepin, acusado de estar "de pie ante Bush pero de rodillas ante la CGT", habría decidido romper "la política expectante de las elites" y concretar por fin la reforma del empleo.
Acusada por la derecha de ser hoy "el enfermo de Europa", Francia es por el contrario un país que resiste. Uno de los pocos en Europa donde con formidable vitalidad una mayoría de asalariados se niega a una globalización salvaje que significaría la toma del poder por las finanzas. Y que abandona a los ciudadanos a las empresas mientras el Estado se lava las manos. Descorazona esta modificación radical de la relación entre los poderes públicos y la sociedad (el final del "Estado protector").
La solidaridad social constituye un rasgo fundamental de la identidad francesa. Una solidaridad que el CPE contribuye a liquidar. De ahí una vez más la impugnación. Y la revuelta.
La situación vital de los jóvenes —coyuntura laboral y social; y perspectivas de futuro a corto, medio y largo plazo—es dramática. Tal vez las principales características emocionales son el sufrimiento y la desesperanza: carencia de perspectivas y de cualquier base material para tener garantizada la supervivencia digna. Es muy probable que el sentimiento fundamental de los subtrabajadores jóvenes y de su entorno familiar sea la angustia.
La ley que ha provocado la rebelión con la aprobación del CPE lo hace evidente al establecer la edad de 26 años como edad límite para un contrato de primer empleo. La explotación laboral —cuándo encuentran trabajo— es ilimitada. Otra vez ese contrato lo pone de manifiesto. Los trabajadores pueden ser despedidos en edades próximas a los 26 años dejando el puesto de trabajo a trabajadores más jóvenes. El despido es absolutamente libre. El contrato supone la construcción e integración legal de los jóvenes entre los 18 y los 26 años en un “ejército de reserva de mano de obra”. La crueldad —estructural y subjetiva— del neoliberalismo salvaje es también ilimitada. Está construyendo, también en el centro capitalista, una sociedad de marginados.
La cumbre de Lisboa (2000) decidió que Europa debía ser “la economía más competitiva”. En todos los estados de la Unión Europea, cualquiera que fuese su gobierno, se aplicó la misma receta: reducción de cargas sociales para los empresarios, bajada del “coste laboral”, privatización de los servicios públicos, precariedad, flexibilidad y desempleo masivo.
La cumbre lisboeta fijaba el siguiente objetivo para los jóvenes: “favorecer la disponibilidad y adaptabilidad de los jóvenes a las necesidades de la empresa”. Ahí está el origen del Contrato de Primer Empleo, que deja a los jóvenes a merced del patrono. Es una política enfocada a obtener los máximos beneficios capitalistas en época de crisis económica. Unos beneficios exorbitantes: 84.000 millones de euros para los 40 principales grupos capitalistas en Francia.
El primer ministro, Dominique de Villepin, ha querido dejar bien claro en que no hay alternativa a la reforma y que Francia debe alinearse con Europa. Pero los otros países europeos también miran a Francia de reojo. El parlamento sueco debate una proposición semejante a la del CPE, en Alemania también se está preparando algo parecido. La gran coalición (cristianodemócratas y socialistas) que gobierna en Berlín también quiere cambiar el Código del Trabajo e introducir un periodo de prueba de dos años para todos los asalariados. Pero no sólo los franceses se han echado a la calle. En Gran Bretaña acaba de declararse la mayor huelga de servicios públicos desde 1926 (millón y medio de huelguistas) contra los 5 años más de carrera. De modo que existen posibilidades reales de atajar la ofensiva de la patronal europea.
Por primera vez en mucho tiempo, los jóvenes y los trabajadores de Francia son capaces de atajar la ofensiva patronal capitalista. Su victoria es un gran aliento para todas las luchas en Europa y del mundo. Su victoria también será la muestra.

2 Comentarios:
bajen en algun lugar de la pagina del STRM el himno del mismo ya que quieren que lo entonemos cada vez que hay asamblea y ni siquiera lo conosco gracias
Para logros como el obtenido en francia debemos tener en consideracion los siguientes aspectos:
Gente mejor informada
Formacion sindical
Formacion de nuevos cuadros
Union sindical
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